Conocí a Eleazar Cuadros hace muchos años, y puedo decir, sin temor a exagerar, que nunca imagine que su forma de mirar el mundo a través de un lente cambio la mía. No solo rescato su capacidad técnica con la cámara o su formación profesional, sino a esa sensibilidad profunda con la que observa la ciudad, las personas, y los gestos pequeños que, a los ojos de la mayoría, suelen pasar desapercibidos.
Nacido en Lima en 1982, Eleazar paso de una niñes rodeada de juegos de video y una juventud desarrollando su creatividad a una formación como arquitecto en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes. Desde temprano, se interesó no solo en el diseño del espacio urbano, sino en lo que ese espacio dice de nosotros, los que lo habitamos. Su paso por el colectivo CITIO (Ciudad Transdisciplinar) y su blog Presbicia del Andar fueron puntos de partida para lo que hoy es una carrera artística coherente, honesta y profundamente comprometida con la ciudad.
Lo que admiro de Eleazar es su capacidad para retratar Lima sin idealizaciones, pero también sin cinismo. Su trabajo fotográfico revela la ciudad tal cual es: compleja, contradictoria, a veces caótica, pero también llena de humanidad que se pueden apreciar en cada uno de sus proyectos. A través de sus lentes —ya sea a pie o desde un dron— ha sabido construir una poética visual que dialoga con la arquitectura, la vida cotidiana y las múltiples desigualdades que marcan el espacio limeño.
En su exposición, Lima. Horizonte sin fin, montada en la Galería Martín Yépez, me conmovió ver cómo quince años de trabajo se podían condensar en imágenes que, lejos de repetirse, se renuevan con cada mirada. Porque eso hace Eleazar: convierte la fotografía en una experiencia, no solo visual, sino también emocional y política.
Como amigo, celebro cada paso que ha dado, cada premio y cada publicación —desde The Architectural Review hasta Arkinka— porque sé que detrás de cada reconocimiento hay horas de caminata, de observación silenciosa, de reflexión constante. Y sobre todo, hay una ética que no busca la espectacularidad, sino la verdad de lo cotidiano.
Eleazar no solo ha logrado construir una obra sólida y respetada. Ha hecho algo mucho más difícil: ha creado una mirada propia, honesta y profundamente suya, que ya forma parte del imaginario visual de nuestra Lima.
— Un amigo agradecido por su mirada.
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Eleazar Cuadros:
la mirada que Lima necesitaba.
01 enero 2025
