En un mundo cada vez más gobernado por gente que se jacta de tener algun tipo de talento pero que celebra que la tecnologías hace las cosas por ellos, no sorprende que Hablando Huevadas sea uno de los productos más populares del entretenimiento peruano actual. Lo que sí debería sorprender —o al menos preocupar— es que tanta gente confunda ruido con talento, vulgaridad con comedia, y poca presencia escénica con creatividad. Porque si hay algo que Hablando Huevadas demuestra con claridad, es que se puede llenar teatros sin ofrecer absolutamente nada.
Jorge Luna y su equipo no son comediantes. No en el sentido artístico del término. No construyen historias, no dominan estructuras cómicas, no ofrecen observaciones agudas sobre la vida, ni reinventan el lenguaje del humor. Lo que hacen es hablar —literalmente— huevadas. Improvisan insultos, ridiculizan a su audiencia, hacen chistes sobre discapacitados, mujeres, personas racializadas o cualquier grupo vulnerable que les sirva de escudo para “romper esquemas”. Pero romper no es crear. Gritar no es escribir. Decir lo primero que se te ocurre no es tener chispa. Es simplemente carecer de filtro y de talento. Es decir, sus seguidores glorifican y pagan por mediocridad.
Lo más preocupante no es que dos tipos sin gracia hayan encontrado una fórmula para ganar dinero. Lo verdaderamente alarmante es que una masa de seguidores los vitoree como si fuesen buenos. Como animales de corral que aplauden cada ruido sin cuestionarlo, miles de personas los siguen, los defienden, y repiten sus frases como algo positivo. ¿Cuál es el criterio? ¿Qué les hace reír? ¿El insulto? ¿La burla? ¿El morbo? No hay una pizca de exigencia. No se les pide inteligencia ni ingenio. Solo que sigan “hablando cojudeces” porque, de algún modo, eso refleja el nivel mental promedio de quienes los consumen sin reflexión.
Cuando el humor se convierte en una excusa para decir cualquier barbaridad sin consecuencias, lo que se obtiene no es libertad de expresión, sino impunidad narrativa. Luna y compañia han confundido lo transgresor con lo irresponsable. Hacer humor negro requiere inteligencia, contexto, y, sobre todo, una intención crítica. Ellos, en cambio, hacen humor hueco, sin ninguna otra intención más que sacarle una risa fácil al rebaño. Y lo peor, siendo honestos: ni siquiera lo hacen bien.
Lo que diferencia a un verdadero comediante de un improvisador mediocre es la capacidad de elevar la risa a una forma de arte. En Hablando Huevadas no hay arte. No hay trabajo de guion, no hay estructura, no hay narrativa. Solo hay un escenario, dos micrófonos y dos tipos gritando cosas tan graciosas como cualquier chiste de colegio primario, y si el chiste no resulta, se complementa con una mentada de madre o de hermana y la gente sorprendentemente, ríe. Si eso es talento, entonces hemos redefinido la palabra para adaptarla a algo completamente diferente. ¿Dónde está el talento?... definitivamente en ese escenario no lo esta!
El triunfo del sinsentido de este espacio en la internet no es un éxito del humor, si no de dos personas que sin saber ¿cómo?, lograron generar dinero y ser famosos sin querer ser artistas. Es el síntoma de una audiencia sin criterio, que confunde vulgaridad con autenticidad, y escoge a sus ídolos no por lo que crean, sino por lo fuerte que gritan. La pregunta no es cómo llegaron tan lejos. La pregunta es: ¿qué nos pasa como sociedad para aplaudir tanto a quien ofrece tan poco?
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